Muchas veces me han instado a elegir una sola cosa. En los estudios de arte he oído la misma idea de formas distintas: elige una dirección, especialízate, delimita, concéntrate. El consejo se basa en una idea comprensible: que la profundidad nace de una concentración prolongada en un solo ámbito.
Mi manera de profundizar se construye con el movimiento entre mundos distintos. Vuelvo a las mismas preguntas desde roles diferentes y noto que por el camino van cambiando. Me encanta la idea de que una persona pueda ponerse lentes nuevas y mirar a través de ellas algo que creía conocer ya.
No llegué al arte desde el mundo del teatro. Vengo del campo y al principio pensaba que sería maestra de educación especial. Acabé por casualidad en unos estudios de teatro, de ahí en el circo y más tarde en la danza. Estoy acostumbrada a entrar en entornos cuyo idioma tengo que aprender al principio. En esto reconozco en mí una inquietud que me arrastra hacia direcciones nuevas.
Fuera de la burbuja
Odio encerrarme en una burbuja y me doy cuenta de que me pasa con una facilidad sorprendente. Cuando mi propio pensamiento empieza a repetirse, vuelven los mismos argumentos y las opiniones se acomodan en surcos conocidos. Entonces busco a propósito personas y entornos que muevan mi punto de vista. El campo del arte tiene su propio idioma y sus propias obviedades, y me encuentro muy a gusto en ese mundo, pero necesito al lado también personas que no conozcan su vocabulario. Necesito situaciones en las que a nadie le interese si soy artista de circo.
John Dewey situó la experiencia estética como parte de la vida vivida y de la relación de la persona con su entorno (Dewey, 1934). Reconozco en esa idea algo esencial. Mi condición de artista se construye también allí donde nadie a mi alrededor habla de arte. En Pörsänmäki puedo sentarme a la mesa a hablar de los permisos para cazar osos y escuchar cómo se maldice por la cantidad de permisos concedidos, mientras que en Barcelona puedo sumergirme durante horas en el mundo del teatro de marionetas. Los dos entornos me resultan naturales, aunque su idioma y sus intereses sean distintos.
La misma curiosidad me acerca a las personas. Puedo sentarme a una mesa donde se critica a la izquierda con palabras duras e interesarme por las experiencias que hay detrás de esas ideas. Un poco más tarde puedo escribirme con una vegana a la que quiero sobre las cuestiones éticas de comer carne. Me interesa desde qué puntos de partida tan distintos construyen las personas un mundo que les resulte comprensible.
Polifonía
La idea de polifonía de Mijaíl Bajtín toca aquí algo que me encanta. En su pensamiento literario, distintas conciencias pueden conservar su propia voz sin que una sola voz encierre a las demás dentro de su explicación (Bakhtin, 1984). Me fascina un mundo en el que las voces contradictorias pueden estar unas al lado de otras y volverse más precisas la una por la otra. Admiro también a los artistas cuya imaginación llega tan lejos que consiguen construir de forma creíble muchas voces sin tener experiencia propia de todo lo que describen. Mi imaginación necesita mucha fricción del mundo exterior, y me hace bien acabar en un lugar donde mi manera de ordenar la realidad se tambalea.
Los roles cambian la lente
También los entornos de trabajo pueden cambiar la lente con mucha fuerza. En Sujo, en el campo, los roles se filtran unos en otros. Cuando el escenario es un viejo estercolero, junto al trabajo artístico se resuelven problemas prácticos y de vez en cuando hay que vaciar la letrina. Los pensamientos brotan mientras paleas mierda. En el Cirque du Soleil la estructura es de otro tipo: la organización es grande y jerárquica, y las tareas están delimitadas con precisión. Allí trabajo como personal de atención al público y como limpiadora, y es a través de esas tareas como la gente se encuentra conmigo.
Como limpiadora puedo ser casi invisible, mientras que en la atención al público en unos pocos segundos sale a la luz la expectativa que tiene cada persona sobre cómo hay que tratarla. Algunos son asombrosamente groseros con quien hace un trabajo de servicio, otros son cálidos y sinceramente agradecidos hasta por la ayuda más pequeña. Erving Goffman observó la vida social como situaciones en las que la conducta de la persona se moldea en relación con el entorno y con las demás personas (Goffman, 1959). Cuando puedo escurrirme entre distintos roles, esto se vuelve concreto. Como artista se puede esperar de mí una visión, como personal de atención al público se espera ayuda, y como limpiadora puedo convertirme, ante la mirada de alguien, en casi una parte del edificio.
A veces pienso en la persona que limpia la red de alcantarillado de Helsinki. El trabajo es físico, sucio e invisible para gran parte de la ciudad, pero dentro de él pueden construirse precisión y orgullo profesional. Me interesa la idea de una persona capaz de construir sentido también en un lugar que la cultura de alrededor no ha nombrado de antemano como interesante.
Vocación y sentido
Alrededor del arte se habla mucho de pasión y de vocación. Al mismo tiempo, una parte enorme de la vida de la gente ocurre en entornos que pocos describirían como su vocación. Aun así, una persona puede relacionarse con lo que hace de una manera que lo convierte en suyo. A mí eso me parece mucho más interesante que la idea de que una vida con sentido tenga que construirse solo alrededor de aquellas cosas por las que ya sentimos pasión.
La mirada de la terapeuta
Los estudios de danza movimiento terapia son una lente nueva entre otras. Me colocan en una relación de otro tipo con la otra persona y traen consigo una ética profesional y una responsabilidad. En la posición de terapeuta importa cómo uso el poder y cómo me sitúo ante los límites de la otra persona. Esto me interesa también como directora, porque quien dirige orienta el trabajo y decide qué recibe espacio. El trabajo de terapeuta me ha vuelto más atenta a lo sutilmente que el poder puede vivir en las expectativas y en quién puede definir la dirección de una situación.
Quizá el objeto de la especialización pueda ser una pregunta en lugar de una herramienta o un título profesional. Me interesa la persona en relación con otra persona, el efecto de la posición social en el encuentro y la responsabilidad sobre cómo llega la otra a ser vista. Estas preguntas aguantan el paso del escenario a una escalera de vecinos y de la mesa de una casa de campo a la sala de terapia.
Lentes nuevas
Cuando me doy cuenta de que mi pensamiento da vueltas por la misma órbita, echo en falta algo que lo desordene. A veces lo hace un libro, a veces una persona cuya opinión política hace que mi primera reacción sea: qué cojones. Entonces quiero saber cómo se ve el mundo desde su lugar y qué agranda su lente. Junto a la propia voz se puede dejar entrar otra voz sin necesidad de fundirlas en una sola.
Soy artista en primer lugar, y quiero desarrollar mi propia práctica artística durante mucho tiempo. Mi manera de ir a lo profundo incluye mucho movimiento lateral. La mirada de la terapeuta le aporta una nueva dimensión ética, porque la mirada, la interpretación y la posición tienen consecuencias.
Necesito mesas en las que mi pensamiento tenga que ponerse a trabajar, y trabajos en los que la gente me mire a través de otro rol social. Necesito lentes nuevas que hagan del mundo conocido, por un momento, algo extraño.
Fuentes
Bakhtin, M. M. (1984). Problems of Dostoevsky’s Poetics. University of Minnesota Press.
Dewey, J. (1934). Art as Experience. Minton, Balch & Company.
Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Doubleday.
